Sanando el dolor de un sueño perdido: carta acerca del duelo de no ser padre

Escribo para alguien que nunca conocí. Una personita que únicamente nació en mi corazón hace muchos años, tantos que no me acuerdo. Un bebé, varón, que vino a mi luz indefenso, sin pelo —hijo mío, claro— y con unos ojos enormes de mirada profunda.

Escribo para un sueño, para un anhelo de mi corazón que no será cumplido. Escribo para mí, para apaciguar mi enojo anual en un día que me incomoda, que me frustra y que me enoja. Escribo para mi Dios, no para reclamar, sino para dejar patente que aunque no entiendo tal voluntad en un mundo sin paternidad, no me dio la dicha —¿o el derecho?— de ejercer la mía.

Escribo, también, para mí. Para sanar una herida que no me infringí deliberadamente, pero es un tatuaje que llevo que, como los míos, me recuerda algo que sí sucedió en mi corazón, que no fue solo una desconexión de mi cerebro de la realidad. Algo que soñé y deseé con intención y que no puede ser y no será.

Y, quizá también, escribo para aquellos a quienes como yo, la vida, Dios, el destino, lo que sea, no se les ha dado la oportunidad de paternar. Para aquellos a quienes despidieron personitas que no pudieron dar su primer respiro y también para quienes no lograron concretar una existencia física. Escribo para ustedes y para mí hoy que sí que es un día raro en medio de una sociedad polarizada, posturas divididas y planteamientos diversos.

Tendría, quizá, unos 16 años cuando lo soñé y lo deseé por vez primera. Mi adolescencia precoz me acercó al filo de convertirme en padre adolescente, pero fueron falsas alarmas —que agradezco porque me ayudó a ser responsable—. Pero sé que ahí, en mi mente, nació «la idea». Vi claramente unos piecitos hermosos, delgados y blancos como la leche, que se movía en el aire y lo supe, mi angelito, mío.

Cerca de terminar el bachillerato, una amiga y vecina se embarazó. Por diferentes circunstancias que no mencionaré en este espacio, se aventó el paquete sola. Pero estuve ahí y un bebé llegó a mi vida. Literalmente era un cabbage patch con vida que me era prestado por horas —esto podría dar para otra publicación muy larga después—. Aprendí a hacer mamilas, cambiar pañales, consolar y bañar. Fui, brevemente, un papá. ¡Qué sueño! Pero no era mi momento y, lamentablemente, no era mío.

Pero ahí estaba él. Todavía en mis sueños. Moviendo sus piecitos y haciendo pucheros simpatiquísimos mientras observaba el mundo alrededor. «Quizá, en algún momento y de alguna manera», me dije durante un lapso de mi vida que no tenía mucha claridad respecto al futuro de mis relaciones y mis ganas reales de sostener una. Y después, me convertí en tío.

Qué experiencia aquella de ser tío, eh. Me pareció sorprendente conocer a una personita diminuta, peluda, chistosa, que además de llevar —penosamente— mi apellido, también lleva un fragmento de mi ADN y de mi historia familiar. Otra vez, ocasionalmente: cargar, dar mamilas, consolar, apapachar, pasear, jugar, ser payaso y ser almohada. El sueño… pero no era mío.

Y así, llego a mis 38 años soñando. Celebrando los bebés de mi familia, los de mis amigos, los de alrededor. Pero no el mío, nunca el mío.

Le puse Jehú. Elegí ese nombre —que significa «Él es Jehová»— pues porque cristiano y mocho… no, la verdad es que lo elegí porque, al igual que mi nombre —que significa «Mi padre es la luz de mi camino»— es poderosamente profético, y si a mí me fue bien con el Padre de las luces, estaría seguro que a él le vendría mejor porque caminaría hombro a hombro con el creador del universo.

Pero la vida.

Pero las cosas que no tienen sentido.

Pero… ¿Dios?

Me gusta pensar en «los ‘peros’ de Dios» porque implican una intervención divina en la historia del mundo —o por lo menos es lo que podemos observar en la Biblia—. Y, aunque en mi caso esta intervención divina fue sanadora, también fue dolorosa.

Alguna vez le dije a una conocida en medio de una temporada oscura en su vida que habría ocasiones en las que Dios nos pedía echar toda la carne al asador —es un aforismo muy aleluyo que hace referencia a «sacrificarlo todo» por un bien mayor: a.k.a. «la bendición»—. Pero jamás pensé que yo tendría que poner al asador mis sueños. Y no me malinterpreten, especialmente los cristianos que me leen, no es que no crea en el «bien mayor» que es entregarle todo a Dios, pero no estaba listo y ni ganas tenía de entregarle a mi Jehú.

Y entonces, a veces, en días como hoy, cuando leo noticias tristes, cuando escucho las historias de las beneficiarias de Pozo, cuando mis alumnos piden ayuda, cuando pienso en mi propia historia. Ahí es cuando pienso en lo dolorosamente injusto de no tener a Jehú en mis brazos para construir y modelar una nueva versión de paternidad; para criar un hijo revolucionario; para verlo crecer en libertad y con la intensidad que él quisiera… solo para ser su papá.

Mi hijo está con Dios. Lo sé.

Mi hijo nació en mi corazón y existe porque a Dios le plació hacerlo. Pero también le plació quedarse con él y ante sus decisiones no me queda más que responder «hágase tu voluntad y no la mía»… aunque en ocasiones quisiera volcar la mesa y destruirlo todo. Aunque a veces quisiera volver a la adolescencia loca y decirme «órale, vas».

Y aunque se me ofreció escapar para ir a buscarlo y traerlo a la tierra, a la realidad, sabría que definitivamente ese ya no sería mi niño. Porque creo que solo vidas en pacto hacen impacto. El que tenga oídos, que oiga.

Mi hijo soñado está con Dios.

Y yo me quedé aquí con mis brazos vacíos y unas ganas encabronadas de tenerlo recargado en mi pecho mientras dormimos plácidamente en una tarde calurosa.

Me quedé aquí escribiendo para el hijo que no nació en lugar de dedicarle mi tesis doctoral que habría de beneficiar a sú generación, porque tendría un padre que buscaría siempre, por sobre todas las cosas, su bienestar.

Me quedé aquí, construyendo espacios de encuentro para otros hombres que aún no podemos conversar sobre ese dolor particular que es el echar «ese» sueño al asador. De renunciar a él. De despedirnos de él. Porque ni siquiera habrá «niños arcoíris».

Aquí estoy, a veces jugando de padre para mis alumnos —a quienes a veces suelo llamar «mis hijxs»— para verlos crecer profesionalmente y celebrar sus vidas y logros a la distancia. Porque al final es ahí, a la distancia, donde ponemos a las personas que son para una temporada de la vida.

«Mi hijo está con Dios», vaya consuelo para un hombre de fe que cree que «imposible» no está en el vocabulario del Padre.

Y sí, mi Jehú está ahí. No solamente quiero creer, decido creerlo. De ser así, esperaría que esté rodeado y cuidado por mis abuelos aprendiendo a hacer pan y escuchando historias increíbles; que Felipe y sus sobrinos jueguen con él y canten mucho; que mi Gon le cuente sobre las misiones y le enseñe a ser mimo; que Lina le cuente que soy un profe exigente, y que Shaggy y Odín sean sus lomencios de compañía.

Y si estás ahí, mi niño deseado, sepas que aquí estoy solo de paso y que en algún momento te veré, te podré abrazar, enseñarte y hablarte de todo lo que sé y todo lo que quieras aprender. Que tomaré un momento de la eternidad para mirar tu rostro y reconocerme en él y reírnos de todo y de nada.

Escribo hoy para mi Jehú. Pero también para aquellos a quienes como a mí se nos pidió «poner toda la carne al asador». A quienes sufrieron en silencio su duelo; para quienes todo se rompió y se derrumbó; para quienes sintieron que Dios les falló y para los que se quedaron ahí inertes y casi vacíos. Para nosotros que vivimos en silencio esto a lo que no podemos ponerle nombre y que ni siquiera podemos explicar. Para los encabronados con la vida, con Dios o lo que sea ante lo injusto de una verdad amarga y quizá dolorosa.

A ellos, quizá a ti, un abrazo fraterno, esperanzador y consolador. Que sepas que no estás solo este día.

Deja un comentario