
“Otro año se fue”.
Siempre decimos eso cada que llegamos a esta semana de diciembre. Sí, en términos meramente humanos, a quienes nos encanta encontrar formas de medición para explicar todo desde nuestro entendimiento tonto, llegar a este momento representa el fin de un ciclo y el inicio de otro. En medio de los discursos de lo correcto y la prevención de lo que es “tradicional” pues sí, otro año se fue… ¡y te estás tardando en irte ALV!
Al revisitar mi última entrada, el blog anterior, que desafortunadamente también escribí hace exactamente un año, descubro que ya llevo dos años en un proceso interno, personalísimo, íntimo, de reflexión y deconstrucción —sigo detestando esa palabra tan escabrosa y mal usada—. Vaya que este 2025, al que llamaron Año del Jubileo (una tradición judaica que se remonta desde los tiempos de Moisés), fue un año de… no sé si llamarlo “jubileo” como tal, pero con honestidad, puedo decir que fue una temporada de reestructuración.
Tengo un punto de por qué comienzo con esto.
Viene una breve clase nerdi de historia judaica: en sentido estricto, las leyes judías exigían —quiero usar esa palabra— que en medio del pueblo de Israel (recordemos, “pueblo escogido por Dios” —antes del nuevo pacto—, antiguo territorio de Palestina ocupado por hebreos, etc.) que cada 25 años debería haber:
- Libertad a todas las personas en situación de esclavitud,
- Perdón de todas las deudas (al asno usurero de su “tío Richi” no le gusta esto),
- Devolución de tierras compradas (esto sucedía cada cincuenta años),
- Dar un descanso a la tierra: literal, no sembrar, no cosechar, descanso.
Básicamente, la propuesta del jubileo es permitir que todas las personas eviten eternizarse en la pobreza y que la injusticia o lo injusto fuera permanente —esto se lee muy “comunista”… ¡me gusta!—. Vaya, es una oportunidad cíclica para que las personas puedan comenzar de nuevo, para que recuperen dignidad y futuro.
Siendo así, el jubileo suena “prometedor”, ¿no?
Para cerrar este año, las últimas semanas descubrí que si bien 2025 no fue un año de jubileo, sí fue un año cuyos contrastes a lo largo de los doce meses que lo contuvieron me llevó del llanto a la alegría en muchos momentos y de muchas formas. Procesé de formas particulares muchas situaciones de mi historia y vida personal, entendí algunas de ellas, corté ramas de ese árbol genealógico y, también, solté y dejé ir —tampoco es como que no lo hubiera hecho antes, ¿verdad? Pero fui más, mucho más consciente de esto—.
Pero, hubo algo especial este año que me ha dado vueltas las últimas semanas. Dije a finales de 2024 que el siguiente año (o sea, el que termina: 2025) sería el año de la ternura. Y, ¿saben? ¡Lo busqué! En serio que lo busqué. Traté de ser amable, traté de abrazar —no necesariamente de forma literal—, traté de amar y ver con otros ojos. ¿Lo logré?… ¡NO! Aunque bueno, tampoco crean que odié a todo el mundo… solo a unos cuantos… y no “odiar”, pero sí… ¿repeler? ¿Desear que les cayera un enorme meteorito sobre sus cabezas? Mentira no es, y no me avergüenza decirlo.
Pensé, no ilusamente, que podría trabajar con la ternura este año porque desde los aspectos en los que me desenvuelvo profesionalmente (intervención social e intervención educativa) es una herramienta más que necesaria: URGENTE. Vaya, trabajo con personas que requieren algo más que una buena atención, amable, respetuosa, empática. Sin embargo, esas personas no responden de la misma manera: son agresivas, abusivas, groseras… y ni modo que uno se deje, ¿no?
¿Cómo voy a ser “tierno” frente a la hostilidad?
¿Cómo voy a ser “tierno” frente a la imbecilidad?
¿Cómo voy a ser “tierno” frente a la colusión?
¿Cómo voy a ser “tierno” frente a la violencia espiritual?
¿Cómo voy a ser “tierno” frente a una cultura que me exige ser un cabrón 24/7?
Nope… no es que NO se pueda. Pero es complejo. Muy complejo. Y es entonces cuando lo entendí. Sí, sí, sí, mucha teoría pedagógica, mucha visión de psicología positivista crítica, mucho aleluyísmo y “honorabilidad” —¡ewwwwwgh!—, trabajo con muchas metodologías y saberes que me sirven en la vida profesional y, ¡está bien!
Pero la ternura era para mí.
La ternura debería comenzar conmigo.
Yo debería ser tierno conmigo.
Y cuando lo entendí, me rompí.
¿No he sido tierno conmigo? ¿Cómo así? La definición de ternura —ooooootra vez, para que quede claro— es «…el respeto, el reconocimiento y el cariño expresado en la caricia, en el detalle sutil, en el regalo inesperado, en la mirada cómplice o en el abrazo entregado y sincero. Gracias a la ternura, las relaciones afectivas crean las raíces del vínculo, del respeto, de la consideración y del verdadero amor». Y vaya, releyendo la misma me pregunto “¿en dónde estoy?”.
Crecí en un hogar en el que me dijeron que “no había mejor amigo mas que un peso en la bolsa” y en el que no me enseñaron a construir relaciones saludables ni con mis familiares ni con otras personas. Creí que valía sí por lo que tenía, pero también por lo que sabía —de pinches nada me ha servido tener dieces en las boletas e historial académico—, y que sin importar nada, tenía que hacer lo posible por ser el #1 “porque siempre van a hablar del primero, no del segundo ni del tercero”. ¡Váya Chernóbil argumentativo, ¿no?! Y aunque no crecí en carencias —que ahora sé que debo de agradecer hasta el cansancio para no ser ese “mal hijo malagradecido…”—, si me desarrollé en una burbuja de cristal sin reconocimiento de la persona más importante para ese ser: yo. Ubicado en una delgada línea entre lo ególatra y la realidad.
Y es muy curioso que, desde la visión de quienes estudiamos el género y las relaciones humanas entendemos que ser tierno “con uno mismo” es tratarse como tratarías a alguien que quieres, especialmente cuando está frágil. Pero OJO, esta ternura, más que potencializar el ser engreído (que tapa el dolor sin escucharlo a modo de anestesia) requiere de:
- Acompañar el dolor – NO evitarlo,
- No justificar todo: requiere comprensión para una mejor respuesta,
- Sostiene mientras duele: sin anestesia y “al chile”,
- Tiene la capacidad de decir “esto me cuesta, pero voy a ver qué hago con ello” y actúa.
Esta ternura que estoy buscando PARA MI terminaría no por quitarme responsabilidad, sino todo lo contrario: paradójicamente implicaría volverme más responsable de mi, de mis emociones principalmente, de mis acciones, de mis pensamientos y hasta de la forma en la que me desenvuelvo en todos los espacios donde estoy presente.
Vaya, mientras escribo estas líneas descubro y afirmo lo que tanto he vociferado el último año: la ternura es revolucionaria. Y, en consecuencia, LA REVOLUCIÓN COMIENZA CONMIGO.
Shit!
¡Qué posicionamiento político es este! Pero también, ¡qué transgresor para el género, para mi grupo etáreo, para mis “hermanos”! Una forma personal de resistencia cultural y sociopolítica.
Pero me gusta… esto significa entonces que la ternura hacia uno mismo es una práctica que requiere constancia y la claridad de que ni el miedo, la culpa o la vergüenza tienen poder sobre uno mismo.
Dejé de ponerme propósitos pendejos e inalcanzables cada inicio de año. Pero reflexionando en todo esto, sí tengo por lo menos cinco tareas que me tendrán ocupado en 2026 rumbo a esa ternura transgresora:
- Cambiar la forma en la que me hablo. Especialmente diciéndome la verdad pero SIN crueldad.
- Responder al error sin humillarme, entender que errar me duele, pero también me enseña: “y luego de cagarla, ¿qué necesito hacer ahora?”, y dar el siguiente paso.
- Dejar de exigirme. Aprender a decir “no”. Descansar, pedir ayuda, decir “hoy no puedo” y no sentir culpa o vergüenza.
- Escuchar el cansancio, el hambre, la tristeza o el enojo sin juzgarlos. No taparlos ni dramatizarlos, sino alojarlos. La ternura es esa disposición a no abandonarte cuando algo duele.
- Validar mi experiencia sin minimizar lo que me pasa sin compararlo con el dolor ajeno.
Y, agregaría uno que sí es un desafío: cuidar mi cuerpo. Escribo esto rozando los 100 kilos de peso. No me avergüenza decirlo, pero me ocupa trabajarlo. Por salud… y ternura.
Si la revolución empieza aquí, ¡adelante! Avivamiento también es, irremediablemente, revolución.
¡Y que chingue a su padre el patriarcado!
Pitufresas
- 2026 no me genera expectativas. Volví a terapia este año y me ha ayudado bastante a regularme emocionalmente. Tengo aún dudas que responderé los próximos meses, entre los que destacaré “¿realmente tengo TDAH?”. Tengo pruebas, pero muchas más dudas… ¡muchas!
- En una sesión de Sanidad Interior me reencontré con Abner niño, de unos 8 años quizá. Entendí que NUNCA he tenido filtros claros cuando me pregunté a mí mismo “¿nos vamos a quedar calvos?”… ¡lloré de risa!
- 2025 me permitió conocer las dos ciudades estadounidenses que más quería visitar: Los Ángeles y Nueva York. Tengo mucho que decir al respecto, pero me lo voy a guardar para mis memorias personales… eso sí: GRACIAS TINA POR HACER ESE SUEÑO POSIBLE.
- Más que nunca entendí y apliqué la teoría de que “el árbol genealógico se poda”. Y pues ni modo, le toca soportar a quien le toque soportar y que digan lo que su regalada gana se les dé. No sólo me siento tranquilo, me siento libre. Y aunque si bien me da curiosidad, en este caso ningún gato será lastimado por la misma. Amo y celebro ser la oveja negra y antipatriarcal de la familia.
- ¡Ah!, y los arbustos TAMBIÉN SE PODAN. Luego hablaré de esto con más calma.
- ¡Que chingue a su padre el patriarcado, Laje, Milei, Verástegui, Trump y el PAN con toda su fanaticada!
Una última anotación. Quizá 2025 fue un año durísimo. Quizá fuiste lastimada, lastimado, viviste una pérdida, te quedaste sin trabajo… no sé, no fue un buen año en cualquier sentido. Pero debo decirte que TU 2026 NO SERÁ COMO EL 2025. ¿Nos damos chance de experimentar distinto? ¿De cambiar nuestra historia?… ¿de ser tiernos con nosotros mismos?
Mientras nos catapultamos para un nuevo capítulo en la historia de la humanidad, mi oración es esta:
“Que el Dios vivo, creador del cielo y de la tierra.
Que Él te bendiga y te guarde. Que haga resplandecer Su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia.
Que el sonría sobre tus pasos, tus sueños, tu vida, la de tu familia y sobre tu 2026, y te de Su paz.
Haz sido y sigues siendo extravagantemente amado por tu Padre Celestial.
Quizá y es tiempo de ir y hacer lo mismo.
¡Hasta el 2026!