Llevo un par de días escuchando “Volver a los diecisiete” en voz de la increíble Violeta Parra (aunque, habría de aclarar, también la inigualable Mamá Mercedes Sosa la canta de forma excepcional) y me confronta con la realidad… mi realidad. Estoy envejeciendo.

No se me malinterprete. No es una queja aunque, a decir verdad, tampoco es una alabanza.
Estoy a un par de días de cumplir mis primeros 36 años de vida y, si usted es un asiduo lector de este blog sin sentido y nada edificante, sabrá que odio el día de mi cumpleaños. Y es que, además de que justo cae en un día festivo y muy importante para la sociedad en la que vivo, también, irremediablemente, me confronta con mi aquí y ahora de cara a aquello que soñé e imaginé para mi vida.
Pareciera que escribo desde la frustración, pero no. Realmente estoy contento con este que soy y en lo que me convertido con el paso del tiempo. Aceptar mi cuerpo que cambia según pasa el tiempo, que pinta canas o elimina cabello, que truena con algún movimiento que sí solía hacer o que no reacciona como esperaba. Esto implica, también, aceptar de algún modo que no siempre debo estar feliz; que soy una persona que es reflexiva y relajada tanto como puedo, pero explosiva y visceral sin caer en la neurosis. Vaya, que no soy monedita de oro… incluso, y en ocasiones, hasta para mi propia persona.
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Desde que me independicé, hace ya 13 años o 14 años, he descubierto que la edad adulta no es, ni de cerca, la panacea de la vida. Se tienen más retos y desafíos que hay que brincar y, en medida de las posibilidades, conquistar. Habremos de emprender este viaje lo más ligero que podamos, porque las cargas de nuestra historia personal comenzarán a ser estorbosas, así que deberíamos ir soltando de a poco o aprender a caminar con ese peso extra. En la adultez se llora en silencio y en soledad; se llora de desesperación y confusión, se llora de la pobreza y la incapacidad de entender las emociones… ¿se llora porque en realidad seguimos siendo niños jugando a ser adultos?
El Gran Maestro rescata en algún punto del evangelio que “para entrar al reino de los cielos” deberíamos de cambiar nuestra actitud y entonces ser como niños. Obviamente, no quisiera sobreespiritualizar esto pero, ¿y si sí volviéramos a actuar como niños? Si bien no me refiero a ser infantiles, pienso que la inocencia, la fe y la capacidad de asombro fueran una constante en nuestro día a día sería un catalizador particular para, entonces, soñar y soñar en grande. Pero, también, con el permiso (¿o “auto permiso”?) de construir eso que nos hace felices en nuestra imaginación. ¡No sé si me explico!
Entiendo la propuesta de Violeta Parra al decir “Volver a los diecisiete”, pero a mi no me gustaría. Viví tantos años con miedos, inseguridades y represiones que el hecho de pensar que pudiera volver a tener 17 me genera ansiedad. Sin embargo, lo que sí podría —y diligentemente he hecho con acompañamiento psicológico y sanidad interior— es rascar en mis memorias y reencontrarme con ese Abner para perdonarnos y darnos permiso de creer en nosotros, y entonces abrazarnos y reconocernos en nuestras debilidades pero también descubriendo que somos fuertes… que somos chingones (con toda la humildad que le puedo inyectar a esta frase).
No te vayas sin leer: Hacia un nuevo jardín
Estoy llegando a los 36 y el “ser cuarentón” me sopla en la nuca. He perdido mucho cabello y el que tengo ha comenzado a decolorarse. Tengo una rodilla chueca, ya no veo si no me pongo mis lentes y mis oídos comienzan a discriminar el sonido (no es sordera). He perdido dos piezas dentales y mi metabolismo ya no funciona como antes como para permitirme ser delgado. Pero, éste es el que soy.
Mi paso retrocedido
Cuando el de ustedes avanza
El arco de las alianzas
Ha penetrado en mi nido
Con todo su colorido
Se ha paseado por mis venas
Y hasta las duras cadenas
Con que nos ata el destino
Es como un diamante fino
Que alumbra mi alma serena.
“Sólo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes…”, y entonces, decido hacer una pausa. Pausa para llorar, pero también para descansar. Para reflexionar. Pausa para reencontrarme con ese que fui pero no soy más y, quizá, proyectar a ese que queremos ser.
No, la vida no se acaba a los treinta ni a los cuarenta. Hoy me queda claro que la vida se acaba cuando dejamos de soñar. No volveré a los diecisiete, pero sí, a mis 36, vuelvo a hablarle a ese adolescente para afirmarlo, abrazarlo y amarlo. Y también a este, el que escribe. Para que las jornadas sean ligeras, animosas y llenas de esperanza… más esperanza. Esperanza que se contagia, que genera pandemia. Esperanza que, quizá y solo quizá, cambie el mundo para bien… o sólo el mío, y con eso basta.
Pitufresas
- Estoy a nada, nadita, de terminar la Especialidad… ¡Ya ni me acuerdo por qué cursé este proceso académico! No me arrepiento, pero termino con muchas más dudas de las que comencé y, bueno, ¡es bueno! De entrada significa que aún tengo mucho camino por recorrer.
- Hablando de la Especialidad. ¡Pinche tesis! Es todo el enunciado.
- Para abonar a la depresión cumpleañera, escribí estas líneas oscilando entre una silla y una cama, porque resulta que la gente adulta puede padecer una condición temporal que se llama “vértigo paroxístico benigno” (¡salud!). Básicamente estoy mareado como si me hubiera echado unos tequilitas bien sabrosos. Sí, le pasa a los adultos… ¡PTM!
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