Lo que pandemia se llevó

Para Rolo, el papá más papá del mundo,
estoy orgulloso de ti

Abner Velez Ortiz lo que la pandemia se llevóHace unos días celebré en casa la fiesta del Pesaj (la Pascua, pues) y algo en lo que pude reparar en las escrituras es cómo la noche previa a la liberación, el pueblo de Israel se preparó no sólo el cordero, sino que se atavió y calcó como si fuera a salir al momento. Esa prisa llamó mi atención y me hace pensar que así nos encontramos todos ahora en nuestros hogares, ataviados, expectantes, desesperados y ansiosos por tener libertad, por volver a experimentarla.

Y así escribo estas líneas. Cansado, desesperado y listo para salir. Como si estuviera listo para escapar a cualquier otra parte (uno de mis tatuajes dice esto).

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¿Qué y cuánto nos ha quitado la pandemia? Llevo semanas leyendo acerca del panorama económico y no es nada alentador. Veo las publicaciones de conocidos, colegas y amigos buscando un empleo; algunos otros tristes y/o desesperados porque han tenido que cerrar sus negocios o porque parece que están condenados a cerrar.

Me enojo y me aterro al ver a algunos otros cuya única conversación es el inverosímil proceder del gobierno. Estos grandes estadistas de temporada pensando que podrían haberlo hecho mejor, quizá. Predicadores disfrazados de creyentes y santurrones que hablan de un apocalipsis causado por los «chairos» —como si el preludio sangriento de los 12 años previos hubiese sido un musical de Broadway— acusando a diestra y siniestra del caos social que, en realidad, es un caos internacional. Estos habladores cuya basura que sale de su bocas causa división y nos sumerge más en una penumbra que bien podría anunciar el fin de nuestra historia. Porque claro, nunca hemos entendido, creyentes o no, que nuestro paso por este mundo es efímero.

Reflexiono sobre cuánto se ha llevado la pandemia, pero creo que mientras escribo estas líneas la pregunta más seria, más honesta, sería «¿cuánto más le hace falta?».

Me detengo y bebo un sorbo de mi café —me lo trajo Eliu de Oaxaca y pienso en cuanto extraño compartir tiempo con él— y me rio de lo estúpido que puede ser mi pensamiento en este momento. La pandemia me robó la mudanza y la boda, pospuestas hasta nuevo aviso. Me quitó el salir de casa, el viajar diario hasta la Merced, el abrazar y escuchar a mis amigos de las calles —mientras me pregunto dónde estarán y si estarán bien, ¡estúpido privilegio clasemediero! —. Llevo un mes sin ver a mis alumnos físicamente y cuyo grupo ya no volveré a tener juntos porque básicamente no vamos a regresar a las aulas hasta que inicie el siguiente ciclo escolar.

Pero la realidad es que la pandemia nos ha robado más de lo que pensamos… ¿o no?

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Quienes la afrontamos hoy somos los hijos de los hijos de quienes sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Los hijos de aquellos hippies que apostaron su vida entera por un mundo mejor y sólo nos dejaron adicciones a las drogas y un pensamiento, hasta cierto punto mágico, que poco nos está ayudando. Somos los hijos del capitalista asesino, de ese cuyo único pensamiento es hacer dinero si entender que al morir, volverá desnudo y miserable de donde vino. Somos los hijos los terroristas, de esos que vieron morir a sus padres volando por los aires defendiendo una causa de un supuesto dios que los llamaba a una guerra santa que lejos, muy lejos está de ganar. Somos hijos olvidados por padres que fueron a la tienda por cigarros y nunca volvieron; los vástagos de madres que se partieron el lomo en trabajos mal pagados pero a quienes nunca les faltó nada material.

No, en realidad la pandemia nos vino a hacer consientes de todo aquello que ya nos había sido robado. Ya no teníamos una pizca de paz ni esperanza en nuestros corazones. Es como si desde el encierro, camináramos juntos al matadero, en silencio. Millones de almas condenadas a la muerte y al olvido y cuyo único lamento bien podría ser el no haber disfrutado las pequeñeces de la vida, aquellas que tachó de estúpidas, y que ahora, definitivamente, podrían no volver a suceder nunca más.

Y por más pesimista que pueda sonar esto. Allá, atrás, a lo lejos. Donde nunca volteamos, se oye un grito de esperanza. Y otro. Y otro más. Sus voces son como el sonido de la trompeta que anuncia la libertad. Son las voces de otra generación que, aunque está cansada, sigue de pie y caminando contracorriente. Una generación que anuncia que sí hay de otra y que decide desistir de la realidad, resistir a la resignación. Y no, no es esa generación que asegura que van a cambiar el mundo mientras persisten en segregar a quienes no comulgan con ellos, aquellos que no tienen letra en el alfabeto. Se trata de una generación que vive de la esperanza, que se baña en las aguas de la paz y la justicia, y que esos son justo sus antojos y motores más grandes, el aliciente para buscarlos por ellos mismos y nunca más esperar a que las cosas sucedan.

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Me da esperanza saber que un mejor mañana es posible y que hay gente que ya lo está construyendo.

Y aquí estoy yo. Parado en medio de la multitud que camina a la nada decidiendo mi mañana. Pensando en aquello que ya no fue. En las personas que ya no vamos a abrazar; en los «te amo» que ya no vamos a decir; en las lágrimas que corrieron sobre nosotros por miedo, dolor, angustia o ansiedad y que nadie vio. Ojalá tu estuvieras aquí conmigo también y que mientras nos acompañamos, nos animemos a avanzar contracorriente mientras nos decimos que un mundo nuevo y mejor es posible y que lo vamos a construir y lograr… juntos, en unidad.

Sí, lo creo.

Y decido caminar en pos de esa realidad.

¿Vamos juntos?

Lo que la pandemia se llevó puede que no regrese jamás. Pero hoy arde en mi corazón una verdad insoslayable: la gloria postrera será mayor que la primera. Ya lo veo. Ya lo siento.

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No sé cuando vaya a terminar esta pesadilla terrorífica y comunitaria. Pero sueño con abrazar una vez más a mi mamá y mis hermanos. Por salir con Fa y comenzar —¡por fin! — ese nuevo capítulo. Mi corazón arde por ver a mis alumnos, a mis niños de la Merced, a mis amigos del trabajo. Sueño con abrazar a esa gente en mi iglesia que me ha enseñado que otro proceder es posible.

Sueño, con seguir soñando, que hay un mañana mejor y que colaboro para hacerlo posible.

¡Jódete, pandemia! Porque así como llegaste, te vas a ir y serás sólo un mal sueño en nuestras memorias. ¡Jódete mil veces!

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