Perdona nuestras ofensas

¡Me molesta que podamos ser tan cuadrados, religiosos y ofendidos!

No amigos, ir contra corriente NO es, de ninguna manera, ser políticamente incorrectos. NO eres rebelde, NO eres radical. Todo lo contrario, estás sembrando discordia, división y dando una mala imagen. Ir contracorriente es plantearte una postura personal, firme y fuerte en la que creas y que consideres que puedes cambiar el mundo… y hacer que esto suceda.

Atravesamos tiempos difíciles, me queda claro. Entre guerras, rumores de guerras, desastres naturales y sociales, estamos en un momento en el que parece que estamos más que obligados a tener una postura y con ella, encajar en tu círculo social. ¡La que sea!, no importa si es la más estúpida, corrupta o revolucionaria, ¡tienes que pensar acorde a tu grupo social!, y si por alguna razón no encajas, atente a las consecuencias.

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Desde mi óptica, vivimos en una sociedad en la que la ofensa y la fragilidad de nuestras emociones e identidades nos están polarizando de una forma increíble, al punto que no estar de acuerdo en algo —o con la opinión, general o no, entorno a algo— puede desatar una guerra mundial. Desde, por ejemplo, decir que estás o no de acuerdo con el aborto; expresar que antes de que se escandalicen por los temas de ideología de género deberían revisar sus estructuras personales para hablar de sexo/sexualidad con sus hijos o familias; o, qué me dicen de reciente y escandaloso tema de los emigrantes.

Sumado a lo anterior, y ante una discordancia, el problema más grande que tenemos como sociedad, pero especialmente como creyentes, es suponer. ¡Ah, cómo nos encanta suponer! Recientemente me pasó que, por escribir algo en mis redes sociales —donde amo vomitar todo lo que estoy pensando y sintiendo—, se salió de control debido a una mala interpretación. Descubrí un par de cosas muy interesantes en ese momento:

  • En otros contextos o situaciones la gente puede atacarte/criticarte y no te va a defender. Pero si tú hablas/atacas de esa misma persona (o del mismo círculo social), serás sometido a la confrontación.
  • No me había dado cuenta del megáfono que son las redes sociales. Poco o mucho, sí pueden tener un impacto severo en nuestras vidas. Ya sea por imagen, o por convivencia (influencers, ustedes no valen).

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¡Amamos asumir! Podemos generar todo un escándalo antes de confrontar; no permitimos errores y/o fallas y desatamos juicio sobre ellos, dejando de ser honorables.

En la oración del “Padre Nuestro”, hay algo que me llama mucho la atención que dice Jesús: “perdona nuestras ofensas”. Amo que, antes de invitarnos a perdonar a quienes nos han ofendido, el Maestro pide que seamos perdonados por aquello en lo que la que lo hemos arruinado. Me hace mucho sentido si traemos a la mente el momento en Mateo 7 (RV60) cuando el Maestro dice “saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

En contexto, cuando sucede este momento en el evangelio, Jesús está hablando de la importancia de NO juzgar para NO ser juzgados —porque con la vara que midamos, seremos medidos—. Entonces, me surge una pregunta en relación a esto: ¿nos ofendemos porque nos reflejamos en aquello que estamos mirando?

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Ante la situación que comenté, después de ser confrontado —y refrescárla a diestra y siniestra—, fui a llevado a confrontar mi corazón directamente y recordé lo que dice Salmo 139:23-24: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. Hacerlo, me permitió entender que a mí me había ofendido la confrontación porque detesto que lo hagan, especialmente si asumen… ¡porque soy yo quien también suele asumir cosas!

Permitir que mi corazón fuera examinado dio luz a ese pequeño gran detalle que, generalmente, detona una actitud amarga y lejana para con la gente —bueno, de la forma que sea, hay gente que definitivamente, aún, no quiero que sea mi amiga, ni cercana, ni nada— y, entonces, sanar mi corazón. Una actitud del corazón que le ha dado permiso a mi mente y corazón de prejuzgar a la gente y, ante un pequeño detalle, alejarme de ellas sin conocer quiénes son realmente.

“Perdona nuestras ofensas” es, entonces, una petición que necesariamente debe nacer del corazón. Más allá de pedir perdón por un pecado —que sí es esencial e importante—, es recibir el perdón de Dios por los errores de nuestra humanidad y, entonces, poder desatar un perdón genuino, a mi y a quien me ha hecho daño. Dicho de otra forma, es reconocer que somos humanos, de carne y hueso, y que así como yo lo arruino —primeramente yo— accidental o conscientemente, otros pueden y, seguramente, lo van a hacer.

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Y ante ello, ¿cómo respondo? ¡En amor! Si algo he aprendido los últimos meses es que el amor no sólo es la llave que abre todas las puertas, si no es el lubricante para aquellas que tienen dificultades para abrir; y mejor aún, es ese aceite “afloja-todo” para aquellas puertas que “no se pueden abrir”.

Y cuando amamos, somos rápidos para perdonar. Cuando amamos, fluye la gracia. Cuando amamos, construimos comunidad. Cuando amamos, tenemos autoridad —porque no puedes tener autoridad sobre aquello que NO amas—; cuando amamos, ¡cambiamos al mundo!, porque lo vemos con otros ojos.

Si estás leyendo esto, quiero que te tomes un minuto para pedir perdón por tus ofensas, sí… pero también para PERDONARTE por aquellas actitudes y acciones que han provocado daños en tu corazón… autoinflingidas.

Luego hablamos.

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